
Era la primera vez que la veía sonreír de aquella forma desde hacía mucho tiempo. Bebí de esa sonrisa como si fuese nuestro primer beso; como si por fin hubiese logrado amarla y tener su calor mezclado con mi triste frío...
Su mirada estaba cansada y apenada. Su negra luna hacía vislumbrar un rayo de alegría. Me sentí como un héroe por haber trazado en aquel rostro perdido en días y noches oscuros la luz; más que nada por haberla hecho feliz. Ella tenía el Sol viviendo en sus labios y a las estrellas bailando en el mapa de sus diminutas pecas...
A mí, sencillamente, me tenía como esclavo de la melodía de su voz sin que ella misma lo supiese.
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