Las Navidades están bajo la mano y obediencia de los más pequeños... ¿Por qué digo esto? Lo cuento por el hecho de que es un tiempo marcado por la ilusión y es ella quien ilumina los corazones más diminutos. Esta luz que llena un cuerpecito y huye cuando estiraza. Nos volvemos mayores, maduros, nuestros rostros se alargan y las sonrisas se desvanecen de nuestros labios. La perdemos y nos volvemos más quejicas y más pesimistas. Quizás sea porque no tenemos magia en la que creer o porque echamos de menos a aquellos que se fueron en los tiempos del ayer. Vistámonos con algo de felicidad. Pensemos en que estamos vivos, que aún la partida no ha finalizado. Hagámonos a la idea de la fugacidad de los buenos tiempos y, por tanto, a tratar de aprender a aprovecharlos cuanto antes porque el tiempo, queridos espectadores del camino, se marcha, corre entre nuestras manos como arena de la playa para no regresar... ¿A dónde van esos segundos? Nadie es capaz de explicarlo porque es un misterio que permanecerá sin resolver para la eternidad.
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